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La Exhumación. Capítulo I Libro Mi Confesión

Sólo cinco personas habían visto el cadáver y conservar en secreto su muerte era la mejor estrategia de guerra. Carlos Castaño sabía que el misterio convierte a los guerreros en mitos que se alimentan de la incredulidad de los hombres. Así, durante tiempos impredecibles prolongan sus vidas después de la muerte.

Tal sería el destino de su hermano, cuando lo alcanzó un disparo de fusil, destrozándole el corazón, el seis de enero de 1994.

Cuatro meses más tarde, Carlos Castaño conducía su campero Hummer hacia “El Parchecito”, un lugar en la orilla del río Sinú, predios de la finca ‘las Tangas’, donde estaba la tumba de su hermano del alma y de sangre, Fidel Castaño.

El secreto de su muerte continuaba oculto y a pesar de los rumores, para la tropa, el país y sus enemigos, el hombre al que apodaban “Rambo” seguía vivo, y nadie se atrevía a asegurar lo contrario, así no lo hubieran vuelto a ver. Aquella noche en Córdoba, el verano había pasado y una lluvia bíblica arreciaba. El cauce sinuoso del río y la fuerza muda de su corriente, delataban sus deseos de llevarse el cadáver, al anegar poco a poco el claro de tierra donde, sin cruz, yacía sepultado.

En cuestión de horas el ataud sería arrastrado por el caudal color ocre. Castaño hubiera preferido no moverlo pero, ante el poder del río Sinú, lo menos doloroso era sacarlo y trasladarlo a su nueva mora- da, una reserva forestal llena de robles, tecas, laureles y ceibas. Sin embargo el féretro de madera verde, de campano, se había aferrado al terreno como la raíz del árbol que algún día fue, de diez metros de altura, un tronco de tres abarcaduras y ramas que daban sombra a cincuenta novillos. Con el torrencial, la tumba se convirtió en un terreno fangoso, rodeado por pequeños árboles de fino bambú que se balanceaban con las ráfagas de una brisa tibia y húmeda. La tierra era una trampa y no había poder humano que lograra sacar del hueco el féretro improvisado el día de su muerte. Carlos Castaño no tuvo otra opción que exhumar los restos de su hermano Fidel.

Acompañado de dos primos, y sin mediar palabra, empuñó una pala y comenzó a cavar sobre la tumba de su hermano. El eco largo de los truenos producía un estruendo aterrorizador. Los relámpagos aparecían incandescentes entre las nubes de la tormenta eléctrica y sobre el rostro del primo Panina que iluminado contemplaba enmudecido la escena. ‘H2’, el primo que había sido escolta personal de Fidel, ayudaba ahora a su nuevo comandante. Con un recatón marcó el rectángulo donde yacía el cadáver. Durante una hora lograron sacar cincuenta centímetros de tierra. Luego el agua comenzó a colarse. Carlos Castaño ya no veía sus botas entre el charco y era imposible cavar más, pues el agua se tragaba la herramienta y la bombilla de tres voltios que los iluminaba, se volvió a fundir. Entonces gritó con rabia:

—¡“H2”!, vaya a la finca Jaragüay y traiga una motobomba. Si no sacamos esta agua ya, nunca llegaremos al cajón.

Panina, alto y de contextura musculosa, continuaba ahí parado sin hablar, apoyando sobre la pala sus dos manos, sin mover un dedo hasta el momento. Sólo después de transcurrir media hora, pronunció palabra:

—Con esta totuma se puede ir sacando agua, mientras tanto.

Sin mirar a Panina, Carlos Castaño estiró su mano, agarró la vasi- ja y comenzó a sacar agua, la que arrojaba al lado de la fosa, mientras por su mente sólo se cruzaban pensamientos improductivos. “¿Cómo queda uno? ¿Qué es la vida?”, se preguntaba. “Uno no es nada”, concluía, lleno de tristeza. Carlos Castaño había renegado de Dios una o dos veces en su vida, pero en ese momento de desesperanza, viviendo su tragedia inmerso en el pantano que le subía casi hasta la cintura, no lo hizo. Ese día ni rezó. Al limpiarse el rostro salpicado de tierra y agua, dio un paso y se resbaló, luego pisó firme y sintió el féretro. Tocó con las botas el cajón donde yacía Fidel.

—¡Aquí está! —dijo con un golpe de voz fuerte que al repetirlo fue perdiendo intensidad—. Aquí está, aquí está…

El pánico le heló la sangre. Sintió miedo; tanto que quiso abandonar la fosa pero estaba inmóvil. Por fin, Panina cortó el autismo para ayudar:

—¡Llegó ‘H2’ con la motobomba! ¡Acá, primo, colóquela acá!

—¿La prendo de una vez? –preguntó.

—¡Dele, dele! ¡Meta la manguera!

El nivel del agua en la tumba descendió rápidamente. Carlos Castaño ya movía mejor la pala e invitó a los demás.

—Vengan. ¡Saquemos la tierra que queda!

En minutos, el sepulcro quedó casi seco y se alcanzaba a ver el rectángulo de madera donde permanecía Fidel. La idea era cavar en las esquinas del cajón, para introducir un lazo que lo rodeara, y comenzar a levantarlo. Castaño abrió el espacio y con su mano introdujo la soga, pero tropezó y cayó acostado sobre el féretro, cansado de cavar por más de dos horas. Respiró profundo y lo invadió el olor a muerto. El agua tenía unas vetas viscosas de color blanco, ya aparecía descompuesta. Carlos Castaño no aguantó las náuseas y vomitó por el olor, el dolor y la impotencia. Panina lo sacó de la fosa, y al lado de la tumba siguió trasbocando en medio de la lluvia, acompañado por unas palmaditas en la espalda que su primo le dio como consuelo:

—Tranquilo, «Pelao». Tranquilo.

‘H2’ y Panina intentaron, durante horas, sacar el cajón, pero las tablas de madera verde del féretro se hacían más pesadas con el agua. El espesor de cada una era de cuatro centímetros. La motobomba falló y la tumba se inundó otra vez. Trajeron una nueva máquina con la que se extrajo el agua.

—No queda otra opción que exhumar el cadáver —dijo Castaño. Panina, abramos el cajón con los martillos. ‘H2’, vuelva a Jaragüay y hágase otro ataúd sin tapa y con bastantes hojas de bijao de las grandes. Hay que taparlo.

Entre tanto, se dedicaban a zafar puntillas de cuatro pulgadas con la punta trasera del martillo. Descansaban y empujaban la tapa del cajón hacia arriba con un azadón, para romper las bisagras y poco a poco se fue abriendo.

Ahí estaba. Mientras llegaba el nuevo cajón, Carlos Castaño se sentó a mirarlo. Fidel tenía un poncho blanco sobre su rostro. Sus restos conservaban parte de la piel y, de manera extraña, la ropa se encontraba casi intacta. Aún se distinguía perfectamente el color blanco del pantalón y el verde oscuro de la camiseta que vestía el día que murió. Un solo tiro de fusil M-16 calibre 5.56 le quitó la vida. Le llegó por sorpresa y directo al corazón.

Carlos Castaño fue el primero en atreverse a tocar los restos. Al retirarle el poncho vio el cráneo como el resto del cuerpo: mitad piel, mitad huesos. Miró a sus primos y dijo:

—Muchachos, yo cojo la cabeza, ustedes el tronco y las piernas. ¿Están lis- tos? —preguntó y sólo ‘H2’ contestó:

—Listos, comandante Castaño.

Por un instante, que pareció eterno –tal vez treinta segundos, un minuto o dos– reinó el silencio. Sólo se oía caer la lluvia. Sin musitar palabras, se miraron y procedieron a levantarlo, pero un fémur se res- baló de las manos de ‘H2’. Luego se partió lo que quedaba del cuer- po, y Carlos Castaño se quedó sujetando, en el aire, la cabeza y el tronco de su hermano. Imposible seguir.

Lo dejó como estaba y salió de la tumba para observar, estático, cómo sus primos trasladaban la osamenta de Fidel al nuevo cajón. Le colocaron, como colchón y tapa, las hojas de bijao verdes, anchas y largas. Entre los tres alzaron los restos de Fidel con destino a las montañas del Nudo del Paramillo.

Abrieron paso entre la maleza iluminada por las luces del campe- ro Hammer que los esperababa. Avanzaron caminando con el fére- tro hasta el platón del vehículo, lo subieron y, después de asegurarlo, Panina tomó las llaves para conducir. Carlos Castaño, que siempre maneja, no quería ni siquiera encender el carro. Su mente divagó du- rante una hora por las interminables carreteras privadas y sin asfaltar por donde apenas cabía el campero. La marcha fúnebre de Fidel Castaño se paseó solitaria, sin flores, por fincas propias y ajenas que se consideraban sus dominios. A Fidel lo enterraron por segunda vez, a las cuatro de la mañana, en una pequeña montaña, en la mitad de un rectángulo de hierro para que si algún día Carlos Castaño falta su familia logre encontrar los restos con un detector de metales. Le fabricaron por primera vez una cruz de madera y regresaron a casa.

Allí quedó el fundador de las Autodefensas de Córdoba y Urabá, una organización que comenzó con seis hermanos y tres primos. Bajo el mando de Fidel llegó a tener trecientos hombres armados y desde que su hermano Carlos Castaño la comanda, se convirtió en un ejército irregular de trece mil combatientes. Ahora son las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, un curioso grupo político- militar de resistencia civil armada antiguerrillera. Comenzaron sien- do una familia de vengadores, luego unos clásicos paramilitares y ahora un grupo paraestatal autónomo, con una ideología inspirada en el concepto de autodefensa del pueblo israelí. Lo que Castaño llama “el primer ejército contraguerrillero del mundo”. Si se retomara el concepto de que el idioma es vivo y no rígido, hoy las AUC se alejaría de la definición tradicional de “paramilitares” y se les podría llamar “gue- rrilla de derecha” en formación. Se enfrentan a una guerrilla marxis- ta-leninista, además sirven y defienden gran parte de los intereses del Estado. Pero de vez en cuando se muestran en contra de los milita- res y el gobierno de turno, que sólo los persigue cuando les convie- ne por una razón muy simple: tienen un enemigo común, la guerrilla de las FARC y el ELN.

LA MUERTE DE FIDEL CASTAÑO

El techo que forman los árboles altos y delgados de la selva escondía el camino y la escuela de comandantes, una pequeña ciudad de madera que dejamos en medio de la maraña. Allí se efectuó mi primer encuentro con Carlos Castaño Gil. Lo seguí por un largo y estrecho sendero de terrón macizo que era una empinada escalera natural de tres kilómetros. Pequeños trozos de guadua incrustados servían de escalones: una deslumbrante obra de ingeniería de guerra.

Ascendíamos a paso militar, apenas lograba mirarlo, pues mis ojos se concentraban en el camino. Mi estado físico no era el mejor y me esforzaba para no perder el ritmo. En mi mente se agitaban con insistencia los detalles de la exhumación de su hermano. La espeluznan- te historia que me acababa de relatar en la pequeña choza de made- ra donde nos conocimos, la estimaba aún incompleta. No existía duda de que Fidel Castaño había muerto. ¿Pero quién lo mató?

¿Quién disparó el M-16? ¿Murió realmente en una selva del Darién, frontera con Panamá, a manos de la guerrilla? ¿Por cuánto tiempo lo mantuvieron vivo? ¿Fue una traición, acaso?

Las preguntas invadían mis ideas hasta cuando recordé la prime- ra y única entrevista que se conoció de Fidel Castaño. El titular en la portada de la revista Semana del 31 de mayo de 1994 rezaba: “Habla Fidel Castaño”. Pero la noticia se publicó fue en mayo. Entonces me detuve. En ese instante, con cinco horas de conocidos con Castaño, todavía vivía la confusión de cómo dirigirme a él: Carlos, comandan- te, señor Castaño, en fin. Opté por llamarlo como se me ocurriera:

—¡Comandante Castaño!

Castaño paró y todos descansamos del paso infernal. Se puso las manos en la charretera. Una de ellas se apoyaba en la pistola Pietro Vereta 9 milímetros que nunca lo desamparaba. Lucía un camuflado y el tradicional sombrero con un ala pegada y la otra proyectándole sombra. Me contestó:

—Dígame.

Me acerqué un poco más. Fue de la única forma como lo pude alcanzar. Mi frente ya sudaba y también la de los cinco escoltas que cargaban sus fusiles, dos ametralladoras M-60 y parte de nuestros morrales.

—¿Si su hermano Fidel murió el seis de enero de 1994, cómo dio la entrevista en mayo del mismo año, la única que se conoció?

De inmediato contestó:

—Ay hombre. Esa es una buena anécdota para contar.

Comenzó a mover rápidamente las pupilas de sus pequeños ojos negros, como lo hace cada vez que su mente se transporta a los recuerdos. De pronto se detuvo y comenzó a hablar:

—La primera entrevista, que aparece dada por mi hermano, la contesté yo. Fidel ya estaba muerto. La di cinco meses después. Yo quería mantener vivo a Fidel y no quise contar que había fallecido porque ¡caramba! se me crece el ene- migo y yo quedaría más desamparado que nunca. Jorge Lesmes, subdirector de la revista, viajó hasta un pequeño campamento en un cerro cercano a San Pedro de Urabá. Yo le dilaté, por el camino, la entrevista diciéndole: “Fidel no alcanzó a cumplirle la cita”.

Al no llegar mi hermano, días después mandaron con su abogado, Gabriel Burgos, un cuestionario que yo respondí. Recuerdo que doña Margarita, la espo- sa de Fidel, al leer la publicación me dijo: “Carlitos, Fidel no hablaba así”.

De pronto, Castaño se quedó callado, mirándome. A esos silen- cios me acostumbraría con el transcurrir de los días. “Quién podía encontrar la diferencia —le dije—, si era la primera vez que Fidel hablaba desde la clandestinidad. Sólo los que lo conocieron podrían distinguir el lenguaje y, la verdad, fueron muy pocos”.

Carlos Castaño siempre permaneció como el segundo de Fidel, pero un segundo que compartía decisiones, la mano derecha que interpretaba tan bien su pensamiento que muchas veces una orden dada por Carlos Castaño no se dudaba que proviniera de Fidel. Así, con la anuencia de su hermano, cogobernaba. Eran aliados insepara- bles.

Mi horizonte no cambiaba. La pendiente continuaba allí; parecía interminable. “Si en el descenso me cansé, qué sería de mí al llegar a la carretera” —pensé—, pero al tercer paso recordé que no se cono- cía esposa o hijos de Fidel Castaño. Entonces se lo pregunté, a lo que contestó corto y sin mirarme:

—Doña Margarita está totalmente apartada de la familia Castaño. Ejerce su profesión de abogada. Nunca tuvieron hijos porque Fidel siempre dijo que “los hombres de guerra no pueden tener hijos: son su gran debilidad”.

—¿Cómo falleció su hermano?

—Él murió a los 45 años y de la manera más pendeja. Esa mañana viajé de Montería a Medellín en un avión privado. Antes de partir, me despedí y noté que transmitía angustia.

A la vista no existía un porqué. Horas más tarde, llegué a mi oficina y me enteré por radioteléfono de que la guerrilla había puesto un retén en un lugar inusual, a la salida de San Pedro de Urabá, en la vía que conduce a la vereda Santa Catalina. Desde allí reportaban que los guerrilleros habían quemado un carro. Los hombres que acompañaban a Fidel cuentan que mi hermano se enco- lerizó como si un subalterno le hubiera alzado la voz. “¿Qué pasa? —dijo—. ¿Es que estos sinvergüenzas no me respetan o no saben con quién se están metiendo?” El creía que eran guerrilleros de las FARC. Pero no, era una escuadra del EPL; un grupo que ya casi teníamos derrotado. Fidel decidió enfrentarlos y salirles al paso más adelante. Como a media hora de camino se encontraron. Los subversivos no eran más de diez hombres, y a mi hermano lo acompañaban sólo cinco muchachos: ‘Marlon’, ‘el Amigo’, ‘Móvil 5’, ‘Móvil 8’ y un patrullero más. De los guerrilleros, sólo los separaba una zona cerrada, un monte tupido y lleno de rastrojos. A treinta metros de distancia se inició el primer contacto, un corto enfrentamiento, tirito va y tirito viene, hasta concretar las maniobras necesarias para acomodarse y seguir disparando. De repente, cerca a una maleza alta, le llegó el disparo certero, un solo tiro y justo en el corazón. Estaba de pie y apenas se logró mirar el pecho, y mientras caía le alcanzó a decir a uno de sus escoltas: “Marlon, me mataron. Me mata- ron!”. El hombre que disparó fue el comandante ‘Sarley’ del EPL.

Le seguí la pista y años más tarde pude enfrentarme a él. Pero mire cómo es la vida. Imagínese que este hombre hoy trabaja para mí. Después de abandonar el EPL, decepcionado de la lucha guerrillera, se rindió ante la Autodefensa con cien hombres más. Luego tramitó su reinserción ante el gobierno del presidente Ernesto Samper y después de estar incorporado de nuevo en la sociedad, volvió a tomar las armas pero, esta vez, de nuestro lado. Con el tiempo, ascendió por sus méritos y se convirtió en comandante de uno de mis frentes. Un día le dije: “Comandante ‘Sarley’, usted mató a mi hermano. ¡Vida hijueputa! Yo no tengo nada qué reclamarle. A Fidel, como a seis de mis hermanos, los mató la gue- rra. Esa muerte yo la entiendo y la acepto pero la que no perdono es la de mi padre”.

En ese momento, el comandante ‘Sarley’ ya había combatido para mí contra las FARC en Caquetá y se iba a incorporar al trabajo social de la Autodefensa. Asombrado, y creo que algo asustado, me dijo: “Cuando terminó ese enfren- tamiento cerca a Santa Catalina, yo grité: ¡Vámonos! Esos hijueputas van rotos. Allá va uno roto. Ese día no me gasté ni los veinte tiros del proveedor”.

El muerto era Fidel y la guerrilla nunca lo supo. Yo estaba reunido con Álvaro Jiménez, un ex guerrillero del M-19. Timbró el teléfono. Contesté y era la negrita Teresa, mi cuñada, la esposa de uno de mis hermanos que murió en la guerra. “Vea, mijo, lo llamo porque esta mañana después de que usted se fue, Jaime siguió en su campero hasta más adelante y lo mataron”.

Yo sabía lo del retén y era claro a quién se refería. Pero me rehusaba a cre- erlo, entonces pregunté alterado: “¿A quién?”. Y ella contestó fuerte y claro: “Lo mataron”. Yo me fui recostando en la silla y pregunté otra vez: “¿A quién?”. “A Jaime, a Jaime,” me dijo. Ese era el nombre de guerra de mi hermano Fidel en la zona.

Traté de conservar la serenidad. Estaba descompuesto y hasta pálido. Mientras observaba el rostro de intriga que aparecía en Álvaro, dije: “Cójanlo, llévenlo al Sinú cerca del “parchecito” y hagan lo que siempre se hace en estos casos”. Me paré de un solo envión, colgué y le dije a Álvaro: “Me tengo que ir”.

Cómo me descompuse, que me apoyé en Álvaro Jiménez, que, en ese instan- te, era un amigo circunstancial. Él no me quería, ni me querrá ¡jamás! Me des- pedí, salí hacia el aeropuerto y alquilé un avión. Durante el viaje sólo pensaba: “¿Le cuento a mi familia o lo mantengo en secreto? Contárselo es decírselo al país”.

Sin la decisión tomada, me acerqué hasta la finca Jaragüay donde lo escondí- an. Al principio llegué a pensar en una traición, pero los hombres que lo acom- pañaban eran como hermanos. Decidí ocultar la muerte de Fidel, y las cinco per- sonas presentes nos comprometimos a no contarlo a nadie y a nuestra madre menos, por Dios. Lo enterramos en el “parchecito”, rezamos dos Padres Nuestros, un Ave María y un Credo. Semanas después le llevamos algunas flo- res y le tributamos un pequeño homenaje. Allí rezamos partes de la Biblia.

Sin aminorar el paso, de vez en cuando Carlos Castaño me mira- ba como si tildara con su actitud las partes más descollantes de su relato. Hacía pausas para respirar y sostener el tono de voz que, a pesar de los kilómetros recorridos, jamás cambió. Al caminar, su voz surgía un poco ronca y él sólo interrumpía para decir:

—¡Guardia, una botellita de agua, por favor!

Le llegaba a sus manos, tomaba lo suficiente para mojar la gar- ganta y continuar.

Fidel había muerto de una forma muy pendeja, en eso coincidía con Carlos Castaño. Caer en un leve intercambio de disparos a manos de unos guerrilleros que regresaban al monte después de rea- lizar un retén, se salía de lógica. La historia simple y difícil de creer contrastaba con la experimentada vida militar de uno de los hombres más buscados del país por el gobierno y la guerrilla, y perseguido a muerte por Pablo Escobar tras atreverse a enfrentarlo después de ser su amigo.

Fidel, el creador de las Autodefensas, moría en el anonimato. Así es la guerra. Ocurren sucesos inesperados.

Al arribar al borde de una vía sin asfalto, dos camionetas nos aguardaban. A los cinco hombres de la escolta se unieron otros ocho; dos se quedaron con nosotros y los otros once se acomodaron en una camioneta Toyota sin techo, con sus fusiles afuera de las estacas, en un corral armado de tablas de madera. Al Toyota Rodeo blanco, de cuatro puertas, último modelo y embarrado, ingresé.

—Vamos, periodista. Usted se va conmigo aquí adelante.

En el esfuerzo por subirme, no alcancé a preguntar nada. Carlos Castaño tomó otra vez la palabra, y pensando en que habría tiempo para las preguntas, me dediqué a escucharlo:

—Contrario a lo que piensa mi familia, hoy en día creo que ocultar la muer- te de mi hermano fue lo más conveniente. Un sepelio solemne no lo soportaría la organización.

Nos desplazábamos por aquella angosta carretera, en el filo de una serie de montañas desde donde se divisaba el oriente y occiden- te de Antioquia. Le pregunté:

—¿La muerte de Fidel lo cambió a usted radicalmente?

Revivió uno de sus silencios, trajo los momentos de su vida con las pupilas de los ojos y contestó vehemente:

—Fue el único momento en que pensé renunciar a la causa antisubversiva, en dejarlo todo, irme del país o entregarme a las autoridades. ¡Así de sencillo! No sé qué me sucedía. Tal vez me sentía solo y confundido. Se había muerto mi her- mano, mi padrino, el inspirador y el ser querido, mi cómplice. Yo busqué un con- sejo en ese instante pero no lo encontré y eso que visité la Casa de Cristo.

—¿Cómo así que la Casa de Cristo?—le pregunté.

—Dos días después de la muerte de mi hermano, como católico que soy, me fui a buscar a monseñor Isaías Duarte Cancino, obispo de Apartadó. Le pedí un cita porque él era para mí lo más cercano a Dios. En ese momento se encon- traba en Medellín en la Casa de Cristo, la sede del clero en la ciudad. Recuerdo que lo encontré en una sala grande y semioscura con el padre Leonidas Moreno.

Yo buscaba un aliento moral y espiritual. En esos momentos es cuando nues- tros pastores deben estar prestos a darnos ayuda, un consejo. Al entrar, saludé y me acerqué a Monseñor con quien habíamos hablado ya, en tres ocasiones, de la problemática de la región del Urabá, que vivía la peor de las guerras. Consternado le dije: “Monseñor, mataron a Fidel y no sé qué voy a hacer. ¿Usted me ayudaría a darle cristiana sepultura?”

Monseñor Isaías se quedó callado, miró al padre Leonidas y sin conmoverse, dijo pausadamente; “Sí… Esa es la misión de la Iglesia” Los sacerdotes se miraron igual a como lo hacen dos hombres que van a ofrecerle una mala pro- puesta a un tercero en un negocio. Ahí yo no vi a nadie cercano a Dios. Intentaron seguir con los temas pero yo rompí la reunión con discreción, y salí. Lo hice con rabia y de verdad derrotado. Pensé que rezaríamos un Padre Nuestro o un Credo, que me iban a hablar o a decir algo. Yo aguantándome ese trama- cazo, y Monseñor no me creyó.

Salí de la Casa de Cristo y no me detuve ante el Mercedes 280 SEL blin- dado verde militar en el que siempre me movilizaba. Seguí caminando por la acera más de una cuadra hasta llegar a la avenida La Playa, en Medellín y miré el vestido y la corbata azul oscuros, como preguntándome: “¿Yo qué hago aquí?”

Tenía el mundo a mi espalda y se me ocurrió ir donde doña Rosa, mi madre. ¿Pero a qué? —me preguntaba. En aquel momento quise someterme a la justi- cia. No por justicia, sino por buscar protección. Yo pensé que los curas me acon- sejarían algo, pero nada. “Ya se murió Fidel ¿para qué vamos a seguir en esto?” —pensé. Buscar una salida digna para mí era una opción, pues tenía mucho miedo de enfrentar esta guerra solo.

—¿ Y de ahí en adelante qué pasó? —le pregunté, asombrado.

—No me quedó otra opción que asumir el mando y aquí estoy.

Carlos Castaño se convirtió en la cabeza de las Autodefensas a los 29 años de edad, pero a pesar del respeto que infundaba ser el her- mano de Fidel y llevar el apellido Castaño, un comandante no se hacía con una herencia, así hubiera ayudado a edificarla. Debía demostrar que podía ser el líder de una organización que contaba con trecientos hombres y vigilaba más de veinte mil kilómetros cua- drados de tierra del acecho de la guerrilla.

—La mayoría de los comandantes pensaba que la persona para asumir el mando era yo. Cuando les confirmamos la muerte de Fidel e hicimos la pregunta “¿Quién asumirá?”, todos me miraron. En ese momento heredé la causa, pero aún me faltaba demostrar que era el sucesor digno de Fidel. De esto me convencí cuando quise asegurar mi guardia pretoriana. Le comenté a los escoltas más cer- canos a Fidel que el patrón, como le decían, estaba muerto. Les pregunté, después, al ‘Pastuso’ y a ‘Javier’ que si ellos me serían leales si yo asumía el mando. La respuesta fue elocuente: un silencio absoluto. Entendí que no sólo era suficiente con llevar el apellido Castaño, tenía que demostrar mi condición de comandante.

Dos meses después, en una incursión guerrillera de las FARC en San Pedro de Urabá, llegó para Carlos Castaño la oportunidad de ratificarse como el nuevo líder de las Autodefensas. Los demás comandantes de la Autodefensa calificaron de suicida la defensa del pueblo aquella noche.

—¿Cómo fue ese combate? ¿Fue determinante en su vida?

—Toda la región se enteró de que yo salí herido. Esto circunstancialmente me posicionó. “¡Hay comandante!”, decían. Se ganó confianza en la región; en la tropa, respeto, tranquilidad y hasta admiración. Percibieron que estaban bien representados.

Castaño hizo una pausa. Supuse que continuaría con la historia del combate de San Pedro de Urabá, pero permaneció silencioso. Por curiosidad, indagé cómo hacía para estar tan tranquilo a sólo tres horas de Medellín.

—Si se presenta algún operativo con tropas del Ejército helicoportadas, logra- mos divisarlos veinte minutos antes. Tiempo suficiente para coger el monte donde no nos rastrea nadie. Es muy difícil que después de estar enmarañados alguien nos descubra. Además, siempre tengo anillos de seguridad de mínimo doscientos hombres. Así el Ejército nos persiga por deber, nosotros no los atacamos. Tenemos claro que nuestro enemigo es la guerrilla. Aunque ahora han cambiado un poco las cosas. Hace un año estamos entrenando a nuestros patrulleros para defenderse del Ejército con fuego cuando se encuentren en riesgo de muerte.

—¿Y ahora para dónde vamos? —le pregunté.

—Ah, vamos para una casita donde dormiremos esta noche. No es nada lujosa, pero tiene sus comodidades. Ya estamos muy cerca, y allí conocerá a mi futura esposa.

—¿Y cuándo es el matrimonio?

—El 15 de mayo; el mismo día de mi cumpleaños número 36.

Mientras contemplaba el paisaje, imaginaba a la mujer de Castaño. Su descripción les apasionaría a todas las mujeres que conozco y a las que conocen a Castaño. “¿Y cómo es la vieja?”, sería lo primero que me preguntarían.

Desde el interior de la cómoda Toyota se veían, al pasar, varias casas humildes y algún niño de diez años con su madre cargando otro menor. No sonreían pero tampoco se les veía una actitud de reclamo ni de tristeza. Se quedaban inmóviles observando la carava- na de camionetas y hombres con fusil. “A ellos sí les pasa la guerra por el frente de su casa”, pensé.

—¿Le gusta la música?

—Claro, comandante, de toda —contesté.

Entonces prendió el radio, y me dijo:

A mí me encantan Gian Franco Pagliaro y Serrat. Bueno, y la musiqui- ta vieja, también. Yo soy antioqueño y como buen montañero, me gusta lo del pue- blo. ‘H2’, mi primo, toca muy bien la guitarra y de vez en cuando nos pegamos nuestras cantaditas pero, a decir verdad, soy mejor recitando poesía. ¡La de Benedetti es bella!

—Y de vez en cuando me tomo mis whiskys. Una de las preguntas que yo le hago a cualquier persona que recibo en la Autodefensa es si le gusta la música, porque un hombre al que no, es muy sospechoso; no es normal. En cambio, uno puede confiar en el que sí la aprecia.

—¿Qué más preguntas les hace a los que ingresan?

—Cuando son ex guerrilleros o ex militares, que por estos días están entran- do muchos, les pregunto lo básico: ¿Qué rango tenían? ¿En qué batallón o fren- te guerrillero se encontraban? ¿Por qué dejaron las filas? Si es por mal compor- tamiento, no los recibo. Si fue por mala paga, les digo que mejor hubieran ingre- sado a la Policía. Además, indago si cuentan con una familia. Eso es clave para mí: un hombre con mamá, hermanos, mujer o hijos es más confiable.

—¿Cuántos cree usted que se han cambiado de bando?

—Cambiado de bando, no. Cuántos han enderezado su camino, querrá decir. En la Autodefensa hay seiscientos ex guerrilleros y unos trecientos ex militares. Eso sin contar los reservistas del Ejército que ingresan unos ciento cincuenta al mes. En esta guerra sobran los hombres y hasta mujeres que quieren coger un fusil. Me he visto obligado a rechazar solicitudes.

De pronto nos detuvimos ante una entrada angosta. El carro se inclinó hacia atrás para subir una pequeña pendiente y arribamos a una típica casa campesina, de una sola planta, con tejas de barro.

Bajé mi morral y me dijo Castaño:

—Bien pueda: Siga, deje sus cosas aquí en el comedor.

Entré a la casa y dejé en la sencilla mesa la cámara fotográfica y mi grabadora; el morral, en el piso. La casa era más simple de lo que me imaginé. El piso, de baldosa antigua; las paredes hechas de tablo- nes unidos, reforzados por dentro con cemento “cancel”. Tenía un cuarto, dos salas contiguas, afuera una cocina, y el baño junto al lava- dero de ropa. Sobresalía un moderno televisor de 18 pulgadas, y la humildad del lugar contrastaba con la antena de televisión satelital, pegada a una de las canales de agua de la casa.

—¡Bebé, sal y te presento al escritor!

Al instante ella salió del cuarto y al ver su rostro, me di cuenta de que en realidad era una bebé, como cariñosamente le decía Castaño, aunque con cuerpo de mujer, de esos aproximados a los 90-60-90 en el reinado nacional de la belleza en Cartagena. No tendría más de veinte años; dieciocho, para ser exactos. Aprecié su bella piel canela, la cintura de avispa, su estatura de uno con setenta centímetros y el largo cabello azabache, que con sus pequeños ojos negros rasgados, la hacían ver tan exótica como su nombre, Kenia.

Después de un tímido saludo, me dio la mano y regresó a la habi- tación. Con el transcurrir de los días, constaté que en la Autodefensa no sólo la admiraban por su belleza, sino también por los cambios que propició en la personalidad de Carlos Castaño.

—¡Guardia! Tráiganos dos tintos y que vayan preparando la comida. ¿A quién le tocó hoy de ranchero? —preguntó.

—Al Pastuso —contestó uno de los hombres de la escolta.

—¡Ah, nos van a tocar esas papas duras! Ojo, me hacen quedar mal con el invitado.

Como contándome un secreto, bajó la voz.

—Aquí toca comer lo que los muchachos preparen. Cada día, los hombres de la guardia cocinan y se turnan. Se identifica como ranchero al que le toca hacer de chef.

—Comandante, si usted quiere, volvemos a lo del combate de San Pedro de Urabá.

—Como a eso de las 8 y 30 de la noche nos reportaron por radioteléfono los finqueros cercanos: “Se oyen unos disparos en las afueras del pueblo. La guerri- lla se está tomando San Pedro de Urabá”. No dudé en proponerle a mi primo: “Arranquemos que se lo están tomando”.

Por ese municipio había cruzado dos veces en mi vida. Consideraba que era indispensable dirigirnos hacia allá pero mi primo fue tajante: “Ir es una locura”. Sin decirle nada, me salí de la casa a pensar un poco y sólo necesité cinco minutos para darme cuenta de que si ninguno de nosotros iba, mañana en la región nadie creería en la Autodefensa Civil Armada. Me imaginaba a la gente diciendo: “Matan guerrilleros de civil; también a los colaboradores, pero no se conoce ante- cedente de un combate”.

No se me ocurrió pensar que el ataque de las FARC contara con un bloque de setecientos subversivos de cinco frentes. La guerrilla habría exterminado a la naciente Autodefensa si no la hubiéramos enfrentado esa noche. Nosotros calcu- lábamos un máximo de cien guerrilleros. ¡Imagínese el desfase!

En ese momento sólo había dos alternativas: ir yo o mandar a mi gente. Si la enviaba, matarían a muchos; tal vez a todos y eso es más grave que morir yo. Vargas Vila, en el libro La república romana, decía : “Lo triste de la derrota no es padecerla sino merecerla”. Por eso decidí ir e ir al frente.

Le dije a mi escolta: “Señores, nos vamos. ‘Móvil 5’, usted se va adelante en la camioneta Dodge venezolana azul, de platón grande. Ahí se suben ‘el Amigo’, ‘Maravilla’ y usted, ‘Mono Guerrillo’”. El ‘Mono’, ex guerrillero del ELN, trabajaba con nosostros hacía tiempo. A esa camioneta se montaron dos hombres más y despaché un campero blanco atrás, con el conductor y un mucha- cho. Buscaba disminuir las posibilidades de que me dispararan. Atrás los seguía- mos con ‘18’ en un Chevrolet Trooper. En un Suzuki viajaba ‘Jhon Jairo López’, un experto en la guerrilla. Al final, el grupo lo cerraba un solo carro con el conductor.

Salimos de la finca hacia San Pedro de Urabá. Más adelante, ordené dete- nernos. Era mejor prevenirlos que ver llegar la muerte. Enfrentaríamos una

emboscada en la carretera. Sobre el capó del Trooper dibujé los posibles lugares de la emboscada. “Señores, en cada uno de estos sitios haremos exploración con fuego, especialmente en las cuencas”.

—¿Sin bajarnos? —preguntó el ‘Mono’.

—Sí, desde los carros vamos barriendo con fuego durante un kilómetro.

En cada sitio disparamos a lado y lado de la vía, contra el rastrojo: ratata… ratatata… ratatatata. Era una carretera sin asfalto, oscura y solitaria. Por momentos, los espejos rozaban con la maleza pero seguíamos ametrallando. Llegamos a un pequeño cerro donde se divisaban las estelas que deja una traza- dora. Proyectiles de ojiva fosforescente que se usan para dejar la huella de la ráfa- ga en la oscuridad.

Las balas, en destellos azules y a veces rojos incandescentes, se cruzaban sobre la camioneta que conducía ‘Móvil 5’ adelante.

“¡‘18’, le están dando a la camioneta! Acérquese más”.

Se oían disparos cercanos como arena lanzada en una hoja de aluminio. “¡Nos están dando!” exclamó ‘18’. “Tiene que ser de muy cerca”, pensé. Por un momento vi moverse la silueta del enemigo entre el matorral y los árboles; la luna alumbraba muy poco. Por las rastrojeras altas se iban acomodando unos hombres mientras otros comenzaban a disparar. Como una aparición fantasmal, atisbé por el parabrisas, a no menos de diez metros, cómo con cautela se levanta- ba sobre la vía un guerrillero. Entonces le grité a ‘18’: “¡Pare, pare! ¡Tírese!”

‘18’ abrió la puerta, lo empujé fuera del carro y vi romperse el parabrisas en mil pedazos. El rafagazo del guerrillero dejó el espaldar de la silla destrozado; cuatro disparos quedaron allí incrustados. Al caer en la vía, sentí el primer dis- paro en mi cuerpo, se me movió el antebrazo y preferí no mirar. Las farolas del Trooper y las camionetas quedaron encendidas. Los chorros de luz provenientes de los carros abandonados iluminaban la carretera. No menos de cuarenta tiros recibió el Trooper; lo sacudían los balazos. Acostado en el suelo, tomé la sub- ametralladora MP5 y, sin pensarlo, solté una ráfaga de quince tiros alrededor.

En ese momento una granada de mano PVR-26 explotó delante del carro y cubriéndome de polvo, me quitó la visibilidad. Con la metralleta en las manos, me arrastré buscando una colina. En la cima divisé, a menos de quince metros, varios comandantes hablando tranquilamente; el sitio estaba invadido de guerri- lla. Yo llevaba una camisa blanca y verde que de inmediato me arranqué con botones y todo para evitar ser detectado. Regresé por la misma ruta haciendo el menor ruido posible, hasta la carretera, que alcancé a pasar, confundiéndome entre los gritos y movimientos de la guerrilla, a lado y lado de la carretera. Nunca me imaginé que fueran tantos.

Al arribar al monte de la derecha, cerca de los carros, explotó, a mi lado, una granada de fragmentación, y una esquirla se me metió en el ojo derecho. Sangré a cántaros, y por un momento creí perderlo.

Al lado de la carretera donde había logrado llegar, pude apreciar un árbol y al fondo, un rastrojo. Me arrastré hasta el tronco, recosté mi espalda en él, cre- yendo estar a salvo, pero fui detectado. Pensé: “En diez segundos estoy muerto. Dios mío bendito, que sea lo que Usted quiera”. Me disparaban como lo hacen los profesionales, con tiros pausados y seguros: tas, tas, tas. Me hubiera tranqui- lizado más un rafagazo: rata, ta, ta, ta, ta. ¡Eso es al azar!

“Me tienen ubicado”, repetía en mi mente. Miré hacia la izquierda y vi el rastrojo. Allí no parecía haber guerrilla. Uno, como campesino, sabe que si hay un potrero y luego un rastrojo, después una cerca y la maleza. Alcanzaba a ver en el medio un charco de agua o una especie de pantano. Cogí la metralleta y, deci- dido a saltar el charco y la cerca, me lancé. Al saltar, sentí los disparos de dos o tres fusiles.

Alcanzaba a reconocerlos, por el sonido distinto de fusiles R-15 o M-16. No había ningún charco donde me lo imaginaba; sólo un peladero de tierra roja. Preparado para caer en una superficie blandita, me fui de bruces.

Gritaron: “¡Va roto! ¡Va roto!”

Agarré la metralleta y descargué el proveedor: rata, ta, ta, ta, ta. Ignoro cuántos pasos di, pero recuerdo que llegué hasta la cerca, la salté y el pantalón se me engarzó en el alambre de púas. Me rayó sin piedad toda la pierna y no pude gritar del dolor. De espaldas, me deslizé hasta el arbusto. Despacio, en silencio, me coloqué el arma en el pecho y la cargué de inmediato con un nuevo proveedor.

Sentí pavor porque después de estar unos minutos en mi escondite, el cuchicheo de varios guerrilleros se oía cerca, alcanzaba a escuchar sus voces. No rezaba, pues Dios me había llevado a salvo hasta allí. “De aquí me libro”, pensaba. No sé por qué llegó a mi mente la imagen de Carlitos, mi hijo. Pero lo aparté de mis pensamientos. Soñoliento, quizá por estar desangrándome, sentía el frío de la muerte y pensaba en todo lo que faltaba por hacer. “¿Qué va a pasar?”, me preguntaba. Fue la noche más larga de mi vida.

En combate, no se siente miedo. Tal vez al comienzo, en los primeros dispa- ros, sí. Luego uno entra en calor y no teme. Puede perder, aunque no lo cree. Pero estar reducido a la impotencia y rodeado por el enemigo, es distinto.

En la oscuridad, y con la guerrilla replegada a lado y lado de la carretera, me oculté en sentido contrario a mis hombres. Se desató un desorden de bala impresionante; ni los mismos guerrilleros sabían dónde estaban sus compañeros.

Esa noche, los subversivos se dieron plomo entre ellos y fallecieron diecisiete. Ese fue un combate muy raro.

Permanecí quieto durante la noche y deseaba que lloviera pero apenas caían algunas gotas debido al exceso de pólvora y dinamita en la atmósfera. En com- bates fuertes o después de la explosión de una bomba, cae una llovizna y después se precipita un aguacero. El enemigo lanzaba luces de bengala para ubicarnos; los colores azules, rojos y naranja de las balas trazadoras pasaban alto; por entre el helecho de dormidera, donde permanecía, se alcanzaba a ver cómo era atacado, sin misericordia y a mansalva, San Pedro de Urabá.

Me detuve a mirar por qué sangraba tanto. Me dolían los testículos y sospe- ché que era por el rayón del alambre de púas. “No debe ser mayor cosa”.

Al día siguiente, me aterré al ver que era una esquirla de granada que me había atravesado el pene, produciéndome una gran pérdida de sangre y una man- cha en todo el pantalón. Tampoco lograba abrir el ojo. Al palparlo suavemente, mi mano se pintaba de sangre. Examinando la herida en el antebrazo, se me hundieron los cuatro dedos. Aunque unos mosquitos me moslestaban, no parecía grave. La batí con fuerza y soporté el dolor con tal de sacar los bichos.

Sentí las voces de los guerrilleros más cerca. Montaron una ametralladora M- 60 a no más de cinco metros y comenzaron a explorar con fuego la rastrojera donde me escondía. Se escuchaban tan fuertes los disparos que dije: “No tienen ni idea dónde estoy”. Con la ametralladora no me matarían ahí, mas sí de un garrotazo. Se acrecentó mi preocupación ya que se adormecían mis pies.

Me desmayaré si no encuentro ayuda”. Moví los pies y confirmé que no tenía otra herida.

“Note usted, que yo no combatí. Sólo disparé dos ráfagas”. Recordé a mis compañeros: “Seguramente los del carro de adelante fallecieron y los de atrás se salvaron”.

Los guerrilleros cesaron de disparar y permanecieron tan callados como yo. Aguardaron más de una hora así, esperando que me delatara. Montaron de nuevo la M-60 y volvió a comenzar la candela. Yo deseaba que lloviera para que soplara el viento y la maleza produjera ruido. Así lograría moverme. Pero nada, no venteaba.

Había perdido la noción del tiempo. Serían la una o las dos de la mañana cuando sentí unos carros por la carretera y escuché, a lo lejos, el ruido de otros vehículos regresando a San Pedro; pero no le encontraba lógica. Escuchaba voces por la maraña, aunque ignoraba si eran de la guerrilla o quizá de alguno de mis hombres. El santo y seña era decir “noche” y contestar “buena”. De buena no tenía nada y no me atrevía a pronunciarlo. ¿Qué tal que no fueran ellos? Me ani- quilarían tan pronto me entregara. Y los míos, al no identificarme, también me matarían.

Al amanecer sentí un desplazamiento de tropa enorme. El suelo se movía y el sonido era impresionante. Era el grueso de guerrilla que se levantaba del monte donde yo me ocultaba. Parecía marcharse, pero dudé: “Se retira la primera avan- zada y cuando amanezca, aquí me rematarán”. A las cinco de la mañana oí el traqueteo de una M-60 de tropas amigas, porque disparaban hacia la zona donde luchaba la guerrilla. Los subversivos continuaban enfrentándose entre ellos sin saberlo, pues los que estaban en la toma se enteraron de que varios carros atravesaron y una escuadra de subversivos se había enfrentado a otra. Esto yo aún no lo sabía; estaba convencido de que la M-60 era del Ejército. A las seis de la mañana reinaba el silencio. Dispuesto a sobrevivir, me deslicé despacio; había entrado a la cuevita de maleza que había sido mi trinchera nocturna. Cuando salí, reparé una cerca de alambre a un metro de distancia, me incorpo- ré y un mareo me aniquiló. Miré mis testículos, y la sangre coagulada que me bro- taba por los pantalones rasgados aparecía impresionante, oscura y espesa; podía partirse en troncos.

Alcancé la carretera como un guerrero derrotado y humillado, sin un zapa- to, ni camisa. Mi tronco desnudo dejaba ver la mancha de sangre que provenía de mi ojo hinchado. El antebrazo conservaba la herida abierta de la que aún manaban algunas gotas de sangre hasta los dedos.

Caminaba entumecido por la mitad de la vía, a pasos cortos. Parecía pálido como una pared blanca. Había perdido mucha sangre. Al fondo, alcancé a ver una hilera de soldados caminando hacia mí, encaleté al borde de la carretera la ametra- lladora MP-5 y continué mi camino. Al encontrarme con ellos frente a frente, metros más adelante, se colocaron a lado y lado de la vía. Pienso que recorrí un kilómetro de uniformados que me observaban impávidos, percibían en mí la trágica escena final de un combate. Cuando encontré al cabo en la última fila, como siem- pre, le dije: “Yo sé que tengo compañeros muertos y heridos. Quisiera llevármelos”. El tipo no dudó y sólo dijo: “No hay problema. Consiga un carro y entre por ellos”. No sé por qué estallé en llanto como un niño. Me ahogaba ensimis- mado. Respiré con dificultad y lloré sin consuelo ante el cabo asombrado.

Una moto me trasladó hasta el puesto de salud más cercano en la vereda Santa Catalina. Allí, sentado en la única camilla del humilde lugar donde sólo existía una inyección antitetánica para colocarme, me sentí observado, alcé la cabeza y apareció como de la nada un viejo con la piel curtida por el sol y los años. Mirándome, me habló: “Esta guerra nos va a matar a todos”.

Ese día no estaba escrito que yo moriría; tampoco ‘Móvil 5’, ‘18’ y ‘el Amigo’, pero al ‘Mono Guerrillo’ sí le había llegado la hora, como también al ‘Chino’ y a ‘Jhon Jairo López’, en cuyo honor uno de los frentes de la Autodefensa lleva su nombre.

Regresé por los cadáveres de mis hombres y por el camino alcancé a ver tres guerrilleros muertos, toallas y hamacas ensangrentadas. Las piedras manchadas dejaban ver los ríos de sangre derramados por los cuerpos de los muertos que se llevaron. Fue una batalla campal entre hombres de las FARC, quizá por una reacción loca que yo asumí. Seguro eso los descompuso pero me pudo haber costa- do la vida.

Lo más lamentable fue la muerte del teniente de la Policía que llamaba al campamento de ingenieros del Ejército pidiendo ayuda. Nosotros oíamos, camino al pueblo, cómo el oficial pedía apoyo por radioteléfono y el capitán del Ejército que le contestaba: “Yo necesito órdenes del comandante y no está”. Luego el policía suplicó: “!Por favor ayúdeme! Nos están atacando fuer- te”. A lo último se lamentaba: “Ayúdeme, por favor. Ayúdeme”. A los tres minutos falleció.

El pueblo lo salvamos nosotros y los agentes atrincherados en la estación y el campanario de la iglesia. Al retirarme recuerdo haberme apoderado del aerosol que siempre guardo en la guantera del carro. Me acerqué a otro de los vehiculos que parecía un colador y escribí: “Por la defensa de la democracia”. Cómo es la vida: al día siguiente, en los periódicos, se dijo que la guerrilla había pintado la frase antes de partir.

El epílogo del primer encuentro con Carlos Castaño y el final de su relato sobre el combate de San Pedro coincidieron con la llegada

de la noche. En el campo la jornada comienza muy temprano y se acaba apenas oscurece. No eran aún las siete de la noche cuando la escolta del Comandante nos sirvió la comida, una sobredosis de hari- nas: arroz, papa, yuca, patacón y un esquelético muslo de pollo. Castaño sólo dijo:

—Mañana almorzaremos un delicioso pollo, mucho mejor que éste; de aque- llos que nos traen del pueblo.

La comida no sabía mal, pero la sazón no era la de una madre sino la de un hombre de guerra cocinando en el monte. “¿Castaño se ali- mentará así todos los días?”, me pregunté. Luego de varios encuen- tros me enteré de que lo que menos le preocupa es alimentarse bien o mal. Su ansiedad y el hambre los mitiga con un cereal al desayuno y papitas fritas durante el día. En nuestra conversación de esa tarde fue habitual verlo destapar dos y hasta tres bolsitas de papas.

—Soy “mecatero” a morir. En cada finca donde acostumbro a quedarme usted siempre encontrará una caja de estos paquetes; también, dentro de las mochilas, en plena selva.

Con nosotros en la mesa ya estaba su novia y futura esposa, pues el noticiero iba a comenzar. Castaño mira los noticieros sin hacer muchos comentarios, pero ese día me sorprendió su reacción al ver en la pantalla a ‘Granobles’, un comandante guerrillero de las FARC. El subversivo le daba la mano a los primeros agentes de la Policía que entregó el grupo guerrillero después de dos años de retención. Castaño dijo:

—Qué bueno para esos muchachos. A uno sí le da cierta cosita ver a ‘Granobles’ ahí, pero uno por un familiar secuestrado, entrega todo; hasta el Estado.

Me esperaba un comentario más radical en desacuerdo con el intercambio de prisioneros entre el Gobierno y las FARC, pero era su forma de criticar al Presidente y su proceso de paz que no avan- zaba hacia un cese de hostilidades. Se paró antes de los deportes e invitó a su novia:

—Vamos, amor, hoy ha sido un día duro. Estoy cansado y me ducharé antes de acostarme.

Me acomodé en la sala contigua donde me habían acondicionado una colchoneta, sábanas, toalla y una cobija.

Acomodaba mi morral como almohada y Castaño pasó por el frente con una toalla verde en la cintura, un cepillo, crema dental, y dijo:

—Periodista, mañana nos levantamos muy temprano.

Ese día resultó tensionante de comienzo a fin. Me encontraba con uno de los hombres más buscados de Colombia, a quien había con- vencido escribir un libro sobre su vida. Acababa de caminar descal- zo y en toalla hacia el baño, despojado del intimidante camuflado.

Entre la oscuridad y el silencio, no podía dormir recordando sus frases sueltas. Tomé una linterna y mi libreta para anotarlas hasta que el sueño me venció.

Fin Capítulo I.

Pronto publicaré el capítulo 2

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Sobre el autor

Soy Mauricio Aranguren, un escritor formado en el periodismo, editor y ghostwriter. Co-fundador de buenasIdeas.co, un laboratorio de content marketing.